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Ojos del Salado: guía para subir al volcán más alto del mundo

A 6.893 m, el Ojos del Salado es el volcán activo más alto del planeta y el segundo pico más alto de América, justo detrás del Aconcagua — pero es, con diferencia, mucho menos conocido. Está en la frontera entre Chile y Argentina, en pleno desierto de Atacama, y es precisamente ese aislamiento lo que lo hace tan distinto a cualquier otra expedición de altura.

El equipo de Thin Air en la cumbre de Castillitos, 5.050 m, durante la aclimatación
El equipo en la cumbre de Castillitos (5.050 m), parte de la aclimatación
Guanacos y flamencos junto a una laguna altiplánica camino al Ojos del Salado
Guanacos y flamencos en una de las lagunas del camino

Dónde está y cómo se llega

Se accede desde Copiapó, en el norte de Chile, y desde ahí el paisaje cambia rápido: salares, volcanes a lo lejos, silencio durante días. El desierto de Atacama en esta zona parece de otro planeta, y te vas cruzando con guanacos y flamencos como si nada, en mitad de la nada.

Por el camino vas pasando lagunas que son parte del viaje en sí. Primero la Laguna Santa Rosa, con esos tonos rosados por los minerales del agua y flamencos que se ven desde lejos. Más adelante, ya cerca de los 4.200 metros, la Laguna Verde, de un color turquesa intenso, con aguas termales naturales donde te metes después de un día entero caminando o en el coche, y en algunas salidas hacemos kayak en la propia laguna. La Laguna Verde es además donde montamos el campo base de la expedición: desde ahí salen las rotaciones de aclimatación y el intento final a la cumbre.

Antes de ir a por el Ojos del Salado en sí, hay varias opciones para aclimatar subiendo picos de trekking de 5.000 y 6.000 metros de la zona, como el Castillitos (el de la foto de arriba) o el volcán San Francisco, de 6.018 m. Para moverte entre las distintas bases se va en 4×4, porque el terreno no se puede cruzar en un coche normal.

Comparado con el Aconcagua hay bastante menos gente. Te vas a cruzar con otros grupos, sobre todo en temporada alta, pero nada que ver con el volumen de expediciones que suben el Aconcagua cada año.

Dificultad y el tramo final

Nosotros llegamos en 4×4 más allá del Refugio Tejos (5.900 m), así que no hace falta caminar toda la aproximación a pie: el día de cumbre empieza más arriba de lo habitual. Desde ahí, al principio el camino zigzaguea cuesta arriba. Luego se cruza una especie de planchón de nieve: a veces hace falta ponerse los crampones, a veces no, depende de cómo esté el terreno ese año. Después viene un tramo por la cresta, más expuesto al viento, que a veces tiene hielo.

La ruta bordea el cráter antes de llegar a la cumbre. El último tramo son solo unos 90 metros verticales, pero son los peores: hay que trepar un poco de roca suelta, con una cuerda fija vieja que se usa con cuidado porque no siempre está en buen estado. No hace falta ser alpinista para esto, pero sí ir con las piernas frescas y la cabeza despejada.

En total son casi 1.000 metros de desnivel desde el refugio hasta la cumbre, y se suele tardar entre 6 y 10 horas de subida. El reto real no es técnico: es la combinación de la altitud extrema, el frío nocturno muy intenso por el clima desértico, y lo aislado que está todo, que obliga a que la logística y el apoyo del equipo sean impecables.

Preparación física y cuánto dura

No hace falta haber escalado antes. Pero sí llegar con experiencia en trekking de varios días, o haber estado ya alguna vez por encima de los 4.000 metros: el cuerpo tiene que saber cómo reacciona a la altura antes de meterte en esto.

Una expedición completa, con los días de aclimatación necesarios y el apoyo logístico que exige lo remoto de la zona, dura entre 8 y 12 días. La mejor época es el verano austral, de noviembre a febrero.

Ver la expedición al Ojos del Salado

Un dato curioso para el camino

La primera ascensión documentada al Ojos del Salado fue en 1937, de una expedición polaca: Jan Szczepański y Justyn Wojsznis llegaron a la cumbre el 26 de febrero de ese año.

Y hay un dato curioso que no mucha gente conoce: la NASA lleva más de dos décadas usando el desierto de Atacama — el mismo que cruzas para llegar al volcán, aunque las pruebas en concreto se hacen más al norte, cerca de Yungay — para ensayar instrumentos y prototipos antes de mandarlos a Marte. Es de las zonas más parecidas a Marte que hay en la Tierra. Por algo decimos que el paisaje parece de otro planeta.