El mal de altura (o mal agudo de montaña) es el factor que más pesa cuando diseñamos un itinerario de trekking o expedición. No es capricho nuestro: es, con diferencia, lo que más decide si alguien llega a su objetivo sano y salvo. Y afecta a cualquiera. Da igual lo en forma que estés: uno de veinticinco años recién salido del gimnasio puede sufrirlo igual, o peor, que alguien con menos entrenamiento. Depende de cómo reacciona tu cuerpo a la falta de oxígeno, no de cuánto peso levantes en el gimnasio.
A partir de los 2.500-3.000 metros ya se nota. En ese tramo respiras entre un 25% y un 30% menos de oxígeno que a nivel del mar, porque la presión del aire cae con la altitud y cada bocanada trae menos. Y el riesgo sigue subiendo cada noche que duermes más arriba. Por eso la aclimatación no es un capricho del itinerario: es el itinerario.


Los primeros avisos son dolor de cabeza, cansancio raro, mareo, náuseas, no poder dormir bien. Se parecen mucho a una resaca y suelen aparecer entre 2 y 12 horas después de llegar a la altura. Uno solo de estos síntomas no dice mucho, pero varios juntos sí: el cuerpo te está diciendo que no se está adaptando al ritmo al que subes. Y aquí va lo más importante: si no te encuentras bien, se lo dices a tu guía en el momento. No esperes a que acabe el día.
Si no se hace caso y se sigue subiendo, la cosa puede complicarse de verdad. El edema cerebral de altura (HACE) se nota por confusión, perder la coordinación al caminar, comportarte como si hubieras bebido de más, y en menos de 24 horas puede llegar al coma. El edema pulmonar (HAPE) empieza con tos y una fatiga que no tiene sentido para el esfuerzo que estás haciendo, y puede acabar en falta de aire incluso en reposo. Los dos son emergencias médicas de verdad, y en los dos casos el primer paso es el mismo: bajar. Cuanto antes, mejor.
La prevención real no tiene nada que ver con pastillas milagrosas. Tiene que ver con el ritmo al que subes. Por encima de los 3.000 m, lo recomendado es no ganar más de 500 m de altitud de sueño por noche, y sumar un día extra de aclimatación por cada 1.000 m de más que subas a dormir. Beber bastante agua, no tocar el alcohol las primeras 48 horas y comer bien ayudan, pero nada de eso sustituye al tiempo que el cuerpo necesita.
Y el Diamox (acetazolamida), que seguro que has oído nombrar: hay estudios que dicen que ayuda a acelerar la aclimatación y a bajar el riesgo en algunos casos. Nosotros no nos posicionamos ni lo recetamos, eso es algo que tienes que hablar con tu médico antes de viajar, valorando tu caso concreto. Lo tomes o no, lo que no es negociable es un itinerario con suficiente aclimatación. La pastilla puede echar una mano, pero no sustituye los días que tu cuerpo necesita.
En Thin Air diseñamos los itinerarios con la aclimatación que hace falta, punto. La seguridad va primero, siempre, aunque eso signifique un día más de viaje o unos euros más. Es un problema real del sector: hay agencias que no están especializadas en alta montaña y recortan días de aclimatación para vender un paquete más corto o más barato, y luego tapan ese hueco con medicación en vez de con tiempo. Eso es jugar con la seguridad de la gente, y nosotros no lo hacemos.
Nuestros guías tienen licencia oficial y saben reconocer los síntomas a tiempo, y si hay que bajar a alguien, se baja, sin dramas pero sin dudarlo. Llevamos botiquín y, según el destino, teléfono satélite, para poder actuar rápido si algo se complica.
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